María

January 13, 2016

 

Es un perrito de peluche. Pequeño. Viejo. Gastado.

Es un perrito que ha compartido noches, ilusiones, aventuras… con la niña que fui durante muchos años.

El día que me lo regalaron, con casi cinco años, se me cayó a un charco, y desde entonces no paró de romperse, porque no dejé de usarle. El celo en su pata y en el torso son las soluciones a pequeñas roturas que, en su día, me parecieron mejores que dejar de jugar con él para que me lo cosieran.

Venía conmigo muchos días al colegio, escondido al final de mi mochila, o a danzas dentro del zapatillero. También pasábamos las tardes con mis amigas y sus peluches en el parque. A veces fue un cachorro de león, otras una montura, e incluso un monstruo que aterraba a los playmobil. Fuera lo que fuese, al final, siempre dormía a mi izquierda, arropado hasta las patitas delanteras, aunque le gustaba amanecer debajo de la cama o a mis pies.

Es un perrito de peluche. Pequeño. Especial. Querido.

Enero de 2016

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