Pablo

Cada verano hay una primera vez en que vuelvo a la casa de mi abuela como ella vuelve también a la que fuera de la suya y antes de la madre de esta.

No importa si llueve, hace sol o el viento azota los eucaliptos del monte arrastrando su frescor hasta la tapia del jardín; si ha sido un buen año, si eres o no feliz en ese instante es algo marginal.

Siempre hay hortensias en los mazos del jardín, calas junto al regato de delante y una o dos flores en el magnolio, al alcance de la mano, cuyo frescor me devuelve a una infancia entre mítica y difusa donde me pierdo a gusto, porque no cabe otra manera de hacerlo.

Mi abuela se asoma al balcón del salón y me dice adiós agitando la mano. Yo me pierdo en bicicleta por el camino que baja al pueblo.

Desde hace tiempo me despido entristecido de ella –aunque no lo sabe–. No puedo evitar pensar que, tal vez, no haya otra vez.

Las flores, en cambio, siempre.


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