Isabel

November 12, 2015

 

Pensar en los 18 me hace acercarme a buenos recuerdos, a momentos de grandes risas con amigas. A un largo verano lleno de lugares nuevos para mí; pero especialmente me acerca a dos amigas, dos amigas con las que había crecido, había reído, había llorado y había vivido los mejores momentos de mi infancia y adolescencia.

Ellas y yo decidimos hacer especial ese último verano juntas. Ese último estío antes de que en Septiembre cada una partiese a una ciudad diferente; una a Madrid, otra se quedaría allí, en el pueblo, y yo, a Valladolid.

El verano comenzó en una pequeña casa rural en la sierra de Gredos, en un pequeño pueblo, todo era nuevo para nosotras, tener independencia, libertad de horarios, y todo se reflejaba en los buenos momentos.

El tiempo fue pasando, y con ello llegaron las primeras despedidas; amigos que hasta las Navidades o la Semana Santa no veríamos. Y por último, ahí estábamos las tres, las tres inseparables que sabían que era el último fin de semana, y con él los regalos de despedida, regalos que serían especiales, que nos acompañarían siempre, y sobre todo esos primeros días duros.

Mi regalo fue muy especial, un álbum de recuerdos, con una foto nuestra en la portada y que recorría todos nuestros años juntas; desde los primeros carnavales, hasta la fiesta de graduación.

Este álbum, 7 años después, forma parte de mi espacio, de mis mudanzas, de mi vida; mirarlo me hace sonreír y volver al pasado, a las risas, al olor a ese verano de los 18.

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