Celia G


Este llaverito con forma de reno, ha sido muy especial para mí. Me ha acompañado en algunos de los momentos más destacados de mi infancia, tanto buenos como malos.

Lo recuerdo con gran cariño porque mi madre siempre le echaba su colonia cuando tenía las competiciones de gimnasia rítmica o cuando me iba con mi padre. El olor de la colonia de mi madre tenía propiedades mágicas, era como si el reno me susurrara que no pasaba nada, que todo estaba bien y que mamá estaba a mi lado en todo momento. Cuando sentía que me hacía pequeñita, sólo bastaba con oler mi llavero y salir al tapiz a disfrutar con mis compañeras o ir a casa de mi padre sin echar tanto en falta a mi madre.

Todavía recuerdo el día que me lo dio. Era julio, tenía seis años y mis padres se acababan de separar. Yo no entendía por qué tenía que pasar un mes lejos de alguno de mis padres, asique lloraba desconsoladamente, cuando mi madre se agachó me secó las lágrimas y me dio el llavero impregnado con su perfume. No me convenció mucho en ese momento, pero no me separé de él en todo el verano.

Con el tiempo dejé de usarlo, no sé exactamente cuándo. ¿A los 10?, ¿A los 12 años? El caso es que lo guardé y no me volví a acordar de él, hasta que hace unos meses abrí una mochila que tenía en el trastero y me lo encontré. Mi primera reacción fue olerlo. Obviamente no olía a nada, pero me emocioné al recordar todo lo que ese llaverito y yo habíamos pasado juntos.


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