Jose

Cada vez que entraba en esa habitación los ojos se le iban sin remedio a esa atestada estantería.

Con apenas 10 años sabía que no debía tocarlos, que eran muy frágiles, pero la tentación era muy fuerte. Aprovechando que él no estaba se subía a la cama y los tocaba, pasando los dedos por los lomos, como si fuera un piano.

Unos estaban nuevos, otros tenían las esquinas gastadas: llevaban una vida mucho más intensa. De vez en cuando aparecían títulos diferentes. Algunos tenían una funda de plástico, la fruta prohibida.

Leía una y otra vez: La Canción de Juan Perro, Rattle and Hum, Kiss me, Kiss me, Kiss me… acariciando las letras.

Un día la tentación fue mayor que la responsabilidad. Quizá había escuchado esa Love Song en la radio y necesitaba “ver” Pictures of You o La Estatua del Jardín Botánico. Ese día, cuando levantó la aguja y la posó con cuidado sobre el vinilo comenzó a poner banda sonora a su vida.

Años después, cuando, acompañado por la mujer de su vida, cruzaba conduciendo el puente de Brooklyn, escuchaba en su cabeza Hey Manhattan!. Y sonreía.


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