Alba

May 11, 2017

 

Sin lugar a dudas, los pendientes de mi abuela son mi patrimonio personal. De las dos abuelas, es a la única que he conocido (abuela por parte de madre), junto a mi abuelo (por parte de padre). Ella es una persona muy importante para mí, puesto que soy su única nieta y eso hace que nuestra amistad sea tan increíble. Mi abuela ha vivido siempre en Lantadilla (Palencia) y yo en Espinosa de Villagonzalo (Palencia), dos pueblos a 20 km el uno del otro. Desde que yo era pequeña pasaba todos los veranos en su casa, pues allí es donde tengo a todo mi grupo de amigos, y lo sigo haciendo en la medida de lo posible, porque ahora el trabajo no me permite estar allí todo el verano. Mi abuela siempre ha sido muy “presumidilla” y aunque no ve ni oye muy bien, nunca se ha querido poner audífono y gafas porque decía que se veía y que no la gustaba que la viesen con gafas y audífono.
Ya puestos en situación, comenzamos con la historia de los pendientes. Desde pequeña he sido un poco picona y traviesilla y cada vez que iba a casa de mi abuela la decía “Abuela, tienes que ponerte gafas y audífono que no oyes ni ves muy bien” y como ella eran tan chulilla nunca me hacía caso, es más, se solía enfadar y yo la seguía picando y alguna vez me decía que no volviese más a su casa, pero en cuanto me marchaba ya me llamaba para preguntarme cuando volvía a ir. Y diréis… ¿Qué tienen que ver aquí los pendientes? Pues mucho.
Cuando salimos a la calle, aunque fuese a por el pescado o a sentarse al banco con las vecinas no podía salir de casa sin sus
pendientes de oro, como ella dice. Y yo siempre la decía “los pendientes nunca se te olvidarán, pero las gafas y el audífono ni te acuerdas…” y ya se enfadaba. Era amor de abuela presumida y nieta. Ahora mi abuela ya va a hacer 93 años y ya no sale mucho de casa, además no está muy bien cognitivamente, pero sigue acordándose de sus pendientes. Un día, no hace mucho tiempo, me dijo “Alba, vete a por los pendientes de oro”. Fui a por ellos y me dijo que me los quedase que ella ya no se los podía poner y que la habían costado mucho dinero, que me los quedase yo. Cada vez que los miro me acuerdo de los buenos momentos que pasábamos “discutiendo” y gracias a ese recuerdo, cuando ella no esté la tendré presente.

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