Para Elisa-María G


No soy una persona de mucha memoria, pero si cierro los ojos e intento buscar un recuerdo de mi infancia, veo a mi madre tocando Para Elisa a piano. Ella misma compró uno para enseñarme a tocar; y yo, con la apatía de los niños, le dije que tocara ella. ¿Cómo iba a saber que ese iba a convertirse en un recuerdo precioso? Tengo joyas de mis abuelas, y mis primeros libros; pero no sentía tener un vínculo tan especial con nada como para escribir sobre ello. Hasta que este recuerdo me golpeó. Mi madre. Ella, que me enseñó a amar la música, la literatura y el arte. Mi valquiria. Ella que siempre ha querido darme el mundo y yo que a menudo se lo he agradecido tan mal. Mozart, Tchaikovsky, Beethoven y Vivaldi. Yo he crecido con eso, ese es mi legado. Sabes que mi madre está haciendo limpieza general cuando suena un réquiem en el salón; y que está feliz cuando coge a mi padre de la cintura y le invita a bailar alguna canción de jazz. Entonces se besan y mi hermano y yo hacemos muecas. Nos reímos de ellos. Pero por dentro pienso: Dios, gracias por esos besos. Soy afortunad. Los viajes de mi infancia van narrados por Frank Sinatra, Café Quijano y Sole Giménez. Es como si lo estuviera viviendo ahora mismo. Estamos en el coche, hace frio, y mi padre va al volante, estamos rodeando alguna montaña del pirineo aragonés, y de fondo suena Dos gardenias, la miro a ella pero no está cantando, solo mueve los labios. Y lo veo en sus ojos; esa conexión profunda con algo intangible. Y entonces lo entiendo. No se qué es exactamente el legado que estoy ofreciendo, son muchos recuerdos, muchas canciones. Momentos de mi vida, y lo más precioso que tengo. Espero que sirva.


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