Carmen

March 19, 2019

 

Han pasado casi 15 años desde que guardo este papel; un simple folio que preparé como portada para un gran manual.

Quizá podáis pensar que es muy extraño que algo tan arrugado, deteriorado, pueda tener un valor tan grande para mí. Se ha convertido en un papel viejo, donde el color blanco ha sido sustituido por el amarillento adquirido por el paso del tiempo; sí, está bastante "trillado".

Todo empezó en agosto de 2004, eran mis primeras vacaciones con mi hermana y estaba muy emocionada. Ese año yo sería la encargada de presentarle el mar, jugaríamos juntas en la playa, haríamos castillos de arena...pero todo esto quedó en una mera ilusión, no pudo ser.

Ana, así se llama mi hermana, empezó a sentirse mal y mis padres la llevaron al médico. Allí, como un jarro de agua fría, recibieron la mala noticia: "Su hija padece diabetes".  Éstas fueron las palabras del doctor, repetidas una y mil veces por mis padres.

Recuerdo que, después de que mi hermana estuviera unos días ingresada, al tenerla de nuevo en casa, la abracé con todas mis fuerzas, pero no fui capaz de pronunciar dos palabras seguidas. Rompí a llorar mientras seguía achuchándola.

Mis padres trajeron unas fotocopias sobre la diabetes que les habían entregado en el hospital. En ellas aparecían detalles como la cantidad de alimentos que se pueden o deben tomar, la insulina necesaria, etc.

Me acuerdo cómo mis padres me explicaron un poquito en qué consistía esta enfermedad, y cómo yo me quedé muy impactada; lo ví todo muy negro, como la tinta de las fotocopias que me habían enseñado. Fue por eso por lo que quise colocar sobre dicho manual una portada, con uno de mis dibujos preferidos.

Después, añadí los nombres de mi hermana y el mío. Al verlo, mi abuela se enfadó y me replicó diciendo que ese manual era sólo de Ana y que yo no debía haber puesto mi nombre. La expliqué que, aunque era de mi hermana, yo quería hacérselo como regalo; había puesto mi nombre para que no se olvidase de quién se lo había regalado y...¡además!, había escrito su nombre delante del mío para que se viese que ella era la protagonista.

Pasaron varios años y... el destino quiso que de alguna manera compartiera algo más con mi hermana, me detectaron también a mí esta enfermedad. Cuando estuve en el hospital recibí varias visitas: familiares, amigos... Algunos me llevaron regalos como peluches, libros, flores, etc, pero, sin duda alguna, el regalo que más me emocionó fue el ver a mi hermana entrando por la puerta de la habitación en la que estaba. Venía con una rosa blanca en una mano, en la otra portaba unos folios: el manual.  Al entregármelos, pude comprobar que, a pesar de que habían pasado varios años sin haberlo visto, mi hermana lo tenía guardado entre sus cosas más valiosas.

Aunque no os lo creáis, la mejor terapia, el mayor apoyo, lo he recibido de mi hermana.

Creo que si antes estábamos muy unidas, ahora nada ni nadie podrá separarnos.

Gracias Ana, te quiero. 

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