Raúl H

May 25, 2020

 

Crecí en un pueblo alejado de cualquier deporte que se saliera de lo común (o eso creía yo). El

patinaje siempre había sido mi pasión, aunque solo lo había practicado en las típicas pistas que

trae el ayuntamiento (que por cierto no duró ni dos años seguidos) y por lo tanto lo que sabía

hacer era tratar de desplazarme sin caerme. Podía pasarme las noches enteras pero cada vez

iba creciendo más y veía como se alejaba mi oportunidad de practicar ese deporte así que

poco a poco mi ilusión se fue desmontando. Traté de sustituirlo con patines de ruedas, baile,

incluso ganando flexibilidad por si algún día llegaba a mantenerme lo suficiente como para

hacer algo. Tras muchos años la esperanza la tenía lo que viene siendo cero pero el 16 de

enero de 2019 descubrí que había una pista de hielo en Valladolid y decidí ir un día con mis

amigos a pasarlo allí. Estuve patinando 1 hora, pues bien, mi cara lo decía todo, seguía sin

saber hacer nada pero la sensación de deslizarme era indescriptible. ¿Sabes cuando haces algo

y te das cuenta de que eres tú? Pues ese fui yo aquel día, el hielo estaba hecho para mí. Lo

mejor es que además de que hubiera una pista de hielo “cerca” de mi residencia (a una hora

en bus), ¡daban clases! Así que me compré los primeros patines que pillé para empezar lo más

pronto posible ya que acababa la temporada. Y tras un año pude comprarme unos patines

profesionales, los de la foto, pero no todo podía seguir tan bien, a los dos días de recibirles

tuvieron que cerrar la pista por el coronavirus. Así que los tengo en mi habitación bien alto

para no perder la motivación porque es lo que me motiva a hacer todo, recordar quién soy.

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